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Lucas Colman en Santander

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Yo al menos no lo sé. No tengo ni el más mínimo dato sobre su físico, su procedencia ni su edad. Aunque con la primera escucha de su disco de debut me veo capaz de despellejar su biografía. Así, a la brava. Para empezar, poco me equivoco si afirmo que Lucas está enfermo de juventud. Una enfermedad que, desgraciadamente, y a no ser que se transforme en un vicio, se cura con el tiempo. Ese tiempo que sirven los cantineros disfrazado de veneno. Ese tiempo que no mata, pero mella. Ese tiempo que tiene todo lo que queremos, dígase más noche que día, más neón que luz solar: más relojes que los que podemos soportar. Aunque todo ese asesinato por perpetrar me parece que a Lucas le importa poco, y hace bien; su enfermedad lo mantendrá a salvo siempre y cuando se anestesie tal y como lo tiene planeado: con el lado gélido de la cama, con tabaco y nudillos, con los besos de las farolas y con tropezones en aceras inmensas e insalvables, siempre en busca de apacibles precipicios.